Hace al menos 18 años desde la primera vez que probé un Zelda. Recuerdo incluso como en su día no supe valorar lo que tenía entre manos. Un amigo del colegio me dejó un cartucho de NES que tenía un aspecto exterior diferente, y tras muchas horas de juego, sin poder terminar aquella impresionante aventura, tuve que devolverlo.